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Escuelas post-junguianas

Se considera, no sin cierta controversia, que a día de hoy el legado junguiano se ha escindido en tres diferentes caminos, tema que Andrew Samuels detalla en su obra Jung and the Post-Jungians, de 1985 (se puede encontrar un extracto de esta obra en español, en el libro Introducción a Jung de Polly Young Eisendrath):

  • La Escuela de Zúrich, también llamada Clásica u Ortodoxa.
  • La Escuela Evolutiva, o de Desarrollo.
  • La Escuela Arquetipal.

La Escuela de Zúrich, representada por autoridades tales como Marie Louise Von Franz, Dieter Baumann, Gerhard Adler, Barbara Hannah, Esther Harding, Jolande Jacobi, Anniela Jaffé, Marion Woodman, Emma Jung, Marie Ann Matoon, C.A. Meier, John Layard, June Singer, Joseph B. Wheelwright, Liliane Frey-Rohn y otros, es, como puede comprobarse, la que se inspira desde el entorno más cercano e íntimo a Carl Gustav Jung.

Podría decirse que esta escuela atiende con especial atención, primero, a todo lo relacionado con el arquetipo central del Sí-mismo, luego al resto de concurrencias y recurrencias arquetípicas y, finalmente, a las manifestaciones de todo esto en la práctica y la fenomenología, incluida la biografía del paciente, cuando se ocupa de la práctica clínica. Por tanto, su interés camina desde la totalidad a lo particular, desde lo último a lo más cercano, desde lo general a lo múltiple, desde lo trascendente a lo inmanente, y no puede evitar, como le ocurría a Jung, hacer teología y metafísica antes de ocuparse de la práctica psicoterapéutica, e incluso tratar como valor más eficaz, terapéuticamente hablando, el encontrar la teleología del paciente, su más profundo sentido en la vida, su «conexión con el Infinito», como decía Jung. Su teoría y su práctica se articulan en torno al debate de los opuestos, según el arquetipo par o de la cuaternidad, y la esperanza de la unificación.

Es una corriente directamente heredera de la Gnosis y que otorga la máxima importancia, por tanto, al Logos.

La Escuela Evolutiva tiene históricamente su «cuartel general» en Londres. La integran analistas de la talla de Michael Fordham, Rosemary Gordon, Lambert A. Plaut, o el mismo Andrew Samuels. Como la misma obra de este último corrobora, su interés viaja desde lo múltiple a lo general, del detalle al todo, desde la biografía concreta del paciente, su entorno y sus relaciones, a las manifestaciones arquetípicas que se esconden detrás. Gusta ocuparse primero del «suelo», luego del «techo», antes de lo dado, luego de lo por venir. Es por ello una escuela que con el tiempo se ha acercado mucho al psicoanálisis de Melanie Klein y su interés por el desarrollo infantil. En su inclinación por la problemática del niño, presta más atención a las manifestaciones del Sí-mismo, en cuanto significan siempre madurez y son imágenes de autoridad paternal, que al resto de concurrencias arquetípicas, pero siempre mantiene esta atención detrás de las consideraciones hacia el plano más inmediato de vivencia del paciente.

La Escuela Arquetipal gira en torno a la revista Spring de Dallas y, concretamente, a su fundador y alma máter, James Hillman, aunque se le atribuye a veces a Rafael López Pedraza la co-fundación de esta corriente. Su interés fundamental es la multiplicidad arquetípica y, muy en especial, su manifestación imaginal, entendiendo lo imaginal, a manera podríamos decir cartesiana («imagino, luego existo»), como expresión de la última e irreductible realidad. Comparte con la Escuela Clásica su atención preferente hacia los aspectos transpersonales en la teoría y la práctica, tratando siempre de elevarse por encima de lo meramente humano y los peligros de «psicologizar» al Arquetipo, lo que trivializaría su valor (aunque en la práctica esto no sea nada fácil cuando de base se equipara tanto al arquetipo con la imaginación, una manifestación puramente psicológica). Se distingue de aquella, como acabamos de decir, en que el Sí-mismo, el valor unificador, no ocupa el primer plano de interés, sino más bien esta heterogénea concurrencia arquetípica; en que el alma, de naturaleza acuosa, cambiante y politeísta, se atiende antes que el espíritu, siempre de talante más ígneo, perfeccionista y monoteísta, y en que la manifestación artística como producto propio del alma tiene prioridad ante los intelectuales y mucho más secos productos del espíritu. Hay que saber que esta corriente nace en el Instituto de Zúrich como una disidencia a la fuerte tendencia de Von Franz a seguir aventurándose en el coqueteo entre la Psicología Analítica y la Física Cuántica que ya había comenzado Jung muchos años atrás. Se trata, evidentemente, de una apuesta por lo poético en contraposición a lo puramente científico. También está clara la evidencia de que se trata de una Psicología Analítica con una fuerte predisposición hacia la influencia del Anima, donde, al igual que en la Escuela Evolutiva, las consideraciones teleológicas demasiado trascendentes son dejadas de lado, lo mismo que el trabajo unificador y homogeneizador de la unión de opuestos, en favor de metas más modestas, más «humanas», y más relacionadas con la tolerancia hacia lo múltiple y lo provisional que con la unificación totalizadora perfeccionista. En definitiva, es una corriente que siente una atracción muy especial por el Eros.

Otros arquetipales famosos son Adolf Guggenbühl-Craig y Peter Bishop.

Esta entrada fue modificada en 6 junio 2015 11:47

Raúl Ortega: Soñador e intérprete de sueños. Batería. Melómano del funk y el jazz. Creador y curador de Odisea del Alma. Ensayista. Terapeuta de orientación junguiana. Programador y desarrollador web. Criador de aves exóticas. Devorador de berenjenas y brevas. Bebedor de Ribera del Duero. Paradigmático puer aeternus. Hippie extemporáneo en formación continua.