Apenas la tinta digital ha tenido tiempo de secarse sobre nuestro último texto acerca de la sicigia gnóstica y la teleología del ánima, la actualidad cultural nos devuelve de nuevo un eco. En Odisea hablábamos de Helena. Hoy, los titulares anuncian que la próxima superproducción de Christopher Nolan, La Odisea, ha desatado una tormenta mediática por la elección de la actriz Lupita Nyong’o para encarnar a la princesa espartana.
El ruido de sables en la plaza pública virtual es el previsible. De un lado, la indignación reaccionaria ante la supuesta traición al canon homérico de la mujer «de níveos brazos»; del otro, la inercia deconstruccionista celebrando la enésima subversión de los mitos europeos. Ambos bandos, enfrascados en su guerra de trincheras sobre la melanina y las agendas políticas, pasan por alto la colosal fuerza del arquetipo que acaba de irrumpir en el escenario. El mito gnóstico toma en su reflejo mundano la forma más cercana al también mítico juicio de Paris, aquel sobre la belleza y las siempre tentadoras manzanas.
Imposible que no venga a la mente el concepto del Gran Teatro del Mundo. Los humanos nos tomamos con la literalidad de la vida y de la muerte los juegos florales de los dioses, sus bromas y sus guiños. Todas estas desavenencias políticas nos acabarán llevando a una gran guerra (la probabilidad todos estamos de acuerdo en que es muy alta), otra que significará un sacrificio inútil de cara al conflicto esencial, que permanece invisible (e irresuelto) detrás. Recordemos ahora las premoniciones de Jung sobre la catástrofe de la Gran Guerra, que sirvieron de marco inicial y de prólogo a su odisea por el Inconsciente Colectivo. El mito y la geopolítica indiscutiblemente van de la mano; Jung lo supo desde muy pronto y fue algo que marcó muchísimo su cosmología, su teología. Él se tomó esta relación muy en serio. Nosotros lo vemos de un modo un tanto diferente.
Nolan, operando como suele hacer el arte cuando canaliza corrientes subterráneas, como una forma de mediumnidad, espiritismo o «imaginación activa», ha expuesto globalmente el conflicto entre la Rubia y la Morena, Sofía Pleromática y Sofía Achamoth, envuelto por supuesto en los siete velos y disfraces del Demiurgo, para que la gente pelee por cualquier cosa menos la que es.
Podríamos decir que de lo que trata la Odisea ha sido interpretado ya públicamente, desde un palco intangible con vistas privilegiadas. Queda por ver cuántos, en medio de este naufragio, conservan la mirada de un Simón para reconocerlo. Aunque estoy seguro de que muchos ya se han percatado de lo más obvio: basta invocar a Helena y la guerra civil viene de su mano.
De todos modos, por la filmografía de Nolan, que denota sus íntimos intereses, me queda la duda de si no será también él mismo el que se esté riendo del mundo, jugando con el disfraz de la polémica woke a unir una representación poderosa de Sofía en la mitología griega, Helena de Troya, con la representación más poderosa de Sofía en la mitología judía: la Reina de Saba/la Sulamita. No creo, pero es una posibilidad sugerente que también abre la interpretación de los símbolos.


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