En el artículo anterior, que gira fundamentalmente alrededor de cuestiones del cristianismo primitivo, publicado el domingo 5 de abril, hace algo más de una semana, incluyo unas reflexiones alrededor de las relaciones entre el Papa, la autoridad religiosa, y el César, la autoridad política. Hace un par de días que ha saltado a la palestra el debate entre Trump, uno de los más claros césares de nuestro tiempo, y León XIV, reactualizando en tiempo real la vieja polémica entre el poder temporal y el celestial. Resumida, la noticia es la siguiente:
En las semanas previas al 12 de abril, el papa León XIV intensificó sus críticas a la guerra con Irán y, el día 10, declaró que «Dios no bendice ningún conflicto» y que la amenaza de Trump de que «una civilización entera morirá esta noche» es «verdaderamente inaceptable». Dos días después, Trump estalló en Truth Social, calificó al pontífice de «débil en materia de delincuencia» y «terrible para la política exterior» y afirmó que no quiere «un Papa que critique al Presidente de Estados Unidos», acompañando sus ataques con una imagen generada por IA en la que se representa como un Jesucristo sanador rodeado de símbolos militares y patrióticos. El 13 de abril, ya en el avión rumbo a África, León respondió que «no teme al gobierno de Trump», reiteró que «la Iglesia tiene la obligación moral de ir contra la guerra» y remachó que «Dios no bendice la guerra», subrayando que su posición no es política sino evangélica.
Como es altamente expresiva, reproduzco aquí la imagen que el domingo 12 de abril publica Trump (que luego elimina a las pocas horas):
Recuperamos desde el remoto pasado la imagen del faraón, a la que yo aludo en el artículo, unificador de ambos poderes y esencia del arquetipo monoteísta, tal y como lo entiende la teología política de Carl Schmitt. Hay además otro dato importante añadido a esta polémica: ambos líderes son americanos, y Trump incluso señala que León XIV fue elegido papa por serlo. Esto acerca aún más esta noticia al arquetipo del papa y el césar como corregentes de los mismos territorios.
Se reactualiza aquí la vieja competencia por la dirección del Imperio, por la organización de Occidente. El Papa no renuncia a ocupar la posición de superyo: pretende corregir al César según su lectura del Evangelio, tratado como constitución sagrada que fija los límites de lo políticamente tolerable. El César, en cambio, le reclama a ese superyo que no le objete; que no le recuerde que ‘Dios no bendice la guerra’, sino que asuma la función de capellán que bendice sus campañas militares como cruzadas justas, como una yihad cristiana.
La cuestión basal, como ya vimos en el artículo, es qué significa para cada uno la función papal, qué significa para cada uno el cristianismo e incluso qué se entiende, en mitad de esta polémica, por Dios y lo divino. Las obligaciones del rey son claras (tan claras como la inflación narcisista que suele padecer este personaje social). Se debe al siglo, al tiempo. En democracia, ese tiempo es especialmente corto. La cuestión es: ¿a qué se debe el Papa? ¿Al siglo o a la eternidad? León XIV es el primer papa agustino de la historia, y aquí conviene recordar especialmente a San Agustín, para quien la Iglesia no debía confundirse con la ciudad terrena, distinguiendo con nitidez entre el orden temporal y el destino último del hombre. Sin embargo, la Iglesia, como comunidad, existe aquí y ahora, pertenece al siglo. Necesita, como los emperadores, un sólido superyo y una clara guía moral en su día a día. Las monarquías parlamentarias contemporáneas, empezando por la española, conocen bien la duplicación de cabezas: un jefe de Gobierno que maneja el aparato efectivo del Estado y un monarca reducido a figura simbólica, encargado de encarnar una cierta unidad moral y constitucional sin intervenir directamente en la disputa política. Es un eco laico del viejo reparto entre papa y césar: dos cimas en el mismo paisaje político, una orientada a la administración del poder y otra encargada de sostener, al menos en teoría, la dimensión normativa y casi litúrgica del orden vigente (la función de superyo). ¿Es esta la función que se espera del Papa hoy? ¿No serán acaso necesarios dos papados, uno al estilo de un monarca parlamentario y otro encargado de las cuestiones verdaderamente escatológicas?
Añadamos ahora solo esto: cada cristianismo responde a estos misterios de manera diferente, y la verdad, aunque la posmodernidad quiera engañarnos, no es relativa. Hay cristianismos más certeros que otros, hay cristianismos que han interpretado los arquetipos de una forma más perspicaz que otros. Ante este mar de dudas, solo hay un camino: esforzarse lo bastante hasta encontrar un criterio, y rezar mucho para que el criterio nos encuentre antes a nosotros.



Muy buen artículo. Una verdadera alegría que haya. vuelto a publicar. Necesitamos a personas como usted, que vayan más allá de los hechos puros y duros. Y más en los difíciles tiempos que corren. Leí el ensayo sobre los tipos psicológicos, (que no se encuentra ahora en la página) y lo vi como esclarecedor, clarificador y magistral. La obra de Jung es difícil, extensísima. Y merece personas que la divulguen, que profundicen en la misma y por qué no, que la desarrollen ( aunque parece que Jung lo dejó todo bien atado). Gracias por volver. Lo bueno se hace esperar. Lo mejor y excelente se hace esperar más.
Muchas gracias, José. Recibo tus palabras con gratitud, aunque me parecen en exceso generosas. Estoy retomando la publicación poco a poco, con la prudencia que espero sea la debida, y también me permito ahora algo que antes no hacía: corregir en la web lo ya publicado cuando veo que lo necesita, una ventaja que el papel no tiene. Por eso retiré el artículo sobre los tipos psicológicos mientras lo reestructuraba a fondo; creo que este mismo fin de semana estará listo. El texto sobre el día octavo también lo he retocado bastante, aunque en ese caso no vi necesario ocultarlo.
Si actúo con tanta cautela, es porque hablar de Jung implica una responsabilidad especial, precisamente en los puntos donde quedan cabos sueltos, que es de lo que principalmente me estoy ocupando en esta nueva etapa.
¡Buen apocalipsis!
Son tiempos de transparencia de lo aparente lo que determina una nueva y eficáz manera de comunicación, dejando el bastón tecnológico a un lado.
El símbolo convertido en mito es un sedimento y artefacto de la memoria que obedece a un estado temporal.
La cárcel es el defecto, sin embargo, la virtud es sin límites.
Lo nuevo es lo nuevo. Mientras lo que entran en la locura tendrán que transitar su camino y lógica hasta finalizar el cuento que han creído como la única verdad.
El amo y el esclavo, como arquetipos, son extremos de una misma vara y cuerda disonante. En su medio se encuentra una imaginaria frontera en dónde se yergue una piedra en el sin tiempo, de la ley, el saber y la creencia.
La mecánica recrea el presente en el equilibrio de los polos, el pasado en el retorno a lo esencial, el futuro en el avance trascendente, y el silencio del todo en la nada.
(1;1);(1;0);(0;1);(0;0).
La muerte nos grita una y otra vez, que lo que muere es la apariencia. La mecánica cumple su función, hay que saber usarla.