
A estas alturas de la película no nos pueden quedar dudas de que ese pretendido gran logro cultural que orgullosamente hemos venido llamando libertad de pensamiento y expresión se trata en realidad de la tenaz y fatigosa construcción de una enorme torre de Babel donde reina la anarquía (valga la paradoja), y campean a sus anchas el desconcierto y la confusa perplejidad.
Kierkegaard fue uno de los primeros insignes enfermos con ese síndrome de angustia moderno, hoy ya epidémico, que contrae todo aquel que se encuentra a bocajarro frente a la terrible maldición de la elección ética en libertad (o sea, en responsabilidad). (más…)















