Cuando aquella chica entró por primera vez en nuestra coqueta librería esotérica, a la sazón sita en los aledaños de la Plaza de la Alfalfa de Sevilla, me llamó poderosamente la atención que su interés la dirigiera a hojear, saltando graciosamente de uno a otro (como siguiendo un hilo mágico), justo los libros que yo consideraba más interesantes e intensos de la colección que ofrecíamos al público. Era muy joven, no más de veinte años, lo cual le prestaba a su buen gusto más valor. Rápidamente se hizo asidua del establecimiento, y acabamos avanzando una incipiente amistad. Compartida con su novio, otra persona con excelentes dotes intuitivas, espirituales. De más o menos la misma edad. Ambos procedentes de los estratos más modestos de la sociedad (él era gitano), resultaban por ello redobladamente conspicuas sus capacidades, sus finas sensibilidad e inteligencia, y su férreo compromiso con el camino espiritual. Me era muy reconfortante su contacto. Se me antoja decir hoy que parecían una versión especialmente joven y bella de los piadosos Filemón y Baucis. A diferencia de Fausto, yo sentía ante ellos una genuina y espontánea reverencia.
20 mayo, 2011
19 agosto, 2009
El sistema cardiovascular del espíritu
[...] Aparentemente, el “espíritu” llega siempre desde lo alto. Para esa concepción espíritu significa libertad suprema, un flotar sobre las profundidades, una liberación de la prisión de lo ctónico y por lo tanto un refugio para todos los timoratos que no quieren “llegar a ser”. Pero el agua es terrenalmente palpable, es también el fluido del cuerpo regido por el impulso, es la sangre y la avidez de sangre, es el olor animal y lo corpóreo cargado de pasiones. Lo inconsciente es esa psique que va desde la claridad diurna de una conciencia espiritual y moral hasta ese sistema nervioso denominado simpático desde mucho tiempo atrás. Este sistema, que gobierna la percepción y actividad muscular como el sistema cerebro-espinal y por eso no puede controlar el espacio circundante, pero que mantiene en cambio el equilibrio vital sin valerse de órganos sensoriales y que siguiendo secretos caminos no sólo nos da noticias sobre la naturaleza íntima de otra vida sino que también provoca en ella un efecto interno. En ese sentido es un sistema extremadamente colectivo, es la verdadera base de toda participation mystique. La función cerebro-espinal, por lo contrario, alcanza su culminación en la separación de las cualidades específicas del yo, y como el medio en que se despliega es sólo el espacio, a través de éste capta invariablemente superficialidades y exterioridades. El sistema cerebro-espinal vivencia todo como exterior, el simpático vivencia todo como interior.














