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	<title>Bitácora de la Odisea &#187; informática</title>
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	<description>El diario del largo y turbulento periplo</description>
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		<title>Nuestra oscura era digital</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Aug 2009 20:25:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Raúl Ortega</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ciencia y Mito]]></category>
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		<category><![CDATA[Steward Brand]]></category>

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		<description><![CDATA[Una de tantas paradojas inherentes a nuestro estilo de vida es que siendo la información y la masiva acumulación de ella parte de sus claves definitorias, ésta se transmite y almacena haciendo uso del medio más endeble y efímero que nunca una cultura utilizó: el soporte digital]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de tantas paradojas inherentes a nuestro estilo de vida es que siendo la información y la masiva acumulación de ella parte de sus claves definitorias, ésta se transmite y almacena haciendo uso del medio más endeble y efímero que nunca una cultura utilizó: el soporte digital. De tal manera que, en unos años, y no muchos, de seguir esta escalada hacia la volatilidad y la provisionalidad, toda la abrumadora cantidad de datos de que ahora disponemos podría quedar reducida a la nada. Memoria borrada. Visto desde un hipotético futuro, este período de la Historia podría no ser otra cosa que un agujero negro de datos, un lapso precisamente vacío de información. Esto es lo que, en principio, alienta al genio <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Stewart_Brand" rel="nofollow">Stewart Brand</a> (un pionero en la informática e Internet, uno de los padres precisamente de nuestra tecnología) a bautizar críticamente al espíritu de nuestra época como &#8220;Oscura Era Digital&#8221;.</p>
<p><span id="more-597"></span></p>
<p>Pero más allá de la indignación que produce en cualquier inteligencia sensata corroborar que la necedad de nuestra forma de vida y de ser ha llegado a tal punto que es incapaz de inferir las consecuencias flagrantes de sus actos al más corto plazo (mientras nuestra Ciencia se jacta de saber hacer predicciones que se extienden hacia el pasado y el futuro infinitamente), este asunto de la precariedad de los soportes digitales toca sectores aún más importantes de nuestra psicología. Se trata de la necesidad primaria de nuestro aparato anímico de descansar en una conexión con lo Eterno, lo Infinito.</p>
<p>A mí, que me preocupa en la práctica y en la teoría, desde hace algunos años, el enojoso problema de la volatilidad de los datos informáticos, me ocurre que, desde cierta perspectiva, esta inestabilidad me resulta, sin embargo, inspiradora. Hay algo muy santo en el hecho de que unos monjes tibetanos se concentren intensamente en la construcción de un mandala de arena para luego&#8230; borrarlo. Esta parte de mí es la misma que se resiste a la conservación y a la acumulación, y actúa incluso a mis espaldas tratando de poseer sólo el ajuar que cabe en una maleta. Todo siempre dispuesto para la partida; para el borrón y cuenta nueva. Por supuesto, esa actitud se compensa con ciertos intereses en mi vida donde soy un consumista feroz como el que más. El equilibrio entre ambas tendencias es posible a veces. Otras, es un irritante dilema (aún cuando suelas tener tanta facilidad para decir &#8220;hola&#8221; como &#8220;adiós&#8221;, esto no te va a resultar sencillo siempre). Obviamente, la clave de la armonía entre estos dos opuestos, cuando se da, es el desapego: el tener sin aferrar.</p>
<p>Mi primera cámara fotográfica la compré sólo hace unos días, y tengo 42 años. Siempre me ha resultado un poco incómoda esa cuestión de atrapar, detener, el tiempo. Y luego archivarlo en álbumes. Supongo que tiene algo que ver con esa idea supersticiosa primitiva sobre la fotografía como &#8220;ladrona de almas&#8221;. El libro, a su vez, es como una fotografía del pensamiento. Pesada y voluminosa. Escribir en internet tiene, sin embargo, cierto encanto similar al de dibujar en la arena. El pensamiento plasmado en la red es casi ubicuo, casi inextenso. Caduco. Éstas son para mí buenas razones a día de hoy para darle preferencia a este soporte a la hora de expresar mi creatividad. Odisea del Alma es en sí un mandala, construido de vientos y flotando en el aire. Como debe ser, me digo yo.</p>
<p>En mi estadía en tierras americanas arrastré por México y Argentina una enorme maleta verde donde atesoraba lo único que en aquel momento me parecía indispensable poseer: muchos libros, algunos compactos musicales y pocos calzoncillos, pantalones y camisetas. No estaban de moda aún ni el libro digital ni el formato mp3, que si no, ¡qué peso me hubiera quitado de encima! Era poco equipaje aquel, pero aún demasiado.</p>
<p>Ahora bien, el monje tibetano puede permitirse borrar de un zarpazo su mandala de arena, construido con supremo esfuerzo y dedicación a lo largo de meses, porque en ese acto se expresa implícito que el mandala verdadero queda grabado a fuego en su corazón, que es su genuino hábitat. Podemos aceptar la caducidad, la relatividad y lo efímero que es consustancial a lo externo e inmanente en la misma medida en que estemos conectados al valor eterno y absoluto de lo arquetípico, lo interno y trascendente. No hay nada más desolador para el Hombre que crear alimento para el vacío, para la nada. Construir cosas sin eco, sin participación, en la eternidad. Eso se siente como la maldición de Sísifo, que a mí me recuerda siempre el lavar los platos: lo que haces se deshace en un absurdo bucle incesante. No, más absurdo todavía: lo que haces se acaba deshaciendo finalmente con la muerte aún más. Una pirámide, sin embargo, representa el trabajo del Hombre que discurre justo en la dirección opuesta. Una pirámide se alza buscando la estabilidad inexorable de los cielos, y parte del mismo estímulo que hace buscar al físico incansablemente una ley universal. Por cierto que el instinto de perfección llega un punto en que es indistinguible del hambre de eternidad.</p>
<p>Cuando un pensamiento reverbera con la ética de los arquetipos, o una obra artística reverbera con su estética, no es tan grave que el fuego queme el pergamino o el lienzo que le han servido transitoriamente de soporte. No puede morir lo que es inmortal. Un mandala de arena y una pirámide de dura roca comparten exactamente el mismo fundamento y la misma aspiración. El que uno guste regresar antes que tarde al lugar del que partió, la Conciencia, y la otra prefiera seguir encarnada ahí afuera, bien palpable, es porque el mandala, al destruirse, subraya la verdad eterna del cambio y la transformación, mientras que la pirámide prefiere apuntar hacia la impasibilidad de los principios superiores que rigen incluso ese cambio.</p>
<p>El hombre muere bien en paz cuando ha saciado su sed de Infinito.</p>
<p>Vamos a ver a continuación a un Stewart Brand lleno de malestar por una cultura que ha decidido preservar sus valores en unos formatos que tienen muy poco valor. Enfadado con el imperio de la provisionalidad. Pero lo vamos a ver viviendo en un remolcador, llevando, como lo ha hecho desde siempre, una vida <em>cimentada</em> en la provisionalidad, y paralelamente sabemos que esa interinidad del imperio digital en parte es una herencia que procede precisamente desde él (por cierto que todo lo bohemio y contracultural que aún le queda a Internet -que tiene todo mi beneplácito- lleva el sello de Brand como gran patriarca hippie). Así que podemos deducir, por un lado, que debe padecer cierto complejo de Dr. Frankenstein, o sea, cierta culpabilidad por los derroteros que ha acabado tomando su engendro, y, por otro, que el problema práctico alrededor de la pérdida de datos debe ser sólo la punta del iceberg del asunto que de verdad inquieta su ánimo, ya que en la práctica él, en su alma de &#8220;monje tibetano&#8221;, se mueve muy cómodamente en lo provisorio. Más bien debe ser la endeblez y fragilidad, cada día más acusada, de los valores en sí de nuestra cultura aquello que lo tiene hondamente decepcionado. Su desconexión de lo Infinito. Y así es: en el documental descubriremos que la respuesta que él ha dado a este problema es la co-creación de la &#8220;Fundación del Largo Ahora&#8221;, cuyo proyecto central es la construcción del &#8220;Reloj del Largo Ahora&#8221;, una máquina que mide años por segundos y siglos por horas, preparada para funcionar incansablemente 1o milenios. Construido en un garaje, parodiando así el nacimiento del ordenador personal, volviendo sobre los pasos dados desde entonces para recrear un renacimiento de la era informática, el Reloj del Largo Ahora es una máquina cuya lentitud quiere oponerse a, y burlarse de, la endemoniada e inconsistente aceleración de nuestros procesadores y nuestro tiempo. Obviamente, es una pirámide, es un mandala no destructible, y es el reloj cósmico que desde hace mucho aparece en los sueños y la imaginería en general como símbolo del Self. El egipcio dentro de Brand, finalmente, ha pedido la vez, y ha exigido compensar la desconexión de lo arquetípico del espíritu de nuestra época con lo único útil en un caso así: la veneración de un mito que represente al espíritu de las profundidades. Él (se)lo explica así:</p>
<p><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif;">&#8220;Nuestra civilización padece una cada vez más patológica estrechez de miras. Esta tendencia podría venir de la aceleración de la tecnología, de la perspectiva a corto plazo de la economía impulsada por nuestro estilo de mercado, de la perspectiva sólo abierta hacia las siguientes elecciones en nuestras democracias o de las distracciones inherentes a nuestros sistemas de trabajo multi-tarea. Todo esto está en aumento. Algún tipo de correctivo a esta miopía se hace necesario; es preciso algún mecanismo, o mito, que aliente la visión a largo plazo y la toma de responsabilidad a largo plazo, donde &#8220;largo plazo&#8221; se mida por lo menos en siglos. La Fundación del Largo Ahora propone a la vez un mecanismo y un mito.&#8221;</span></p>
<p><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif;">Stewart Brand</span></p>
<div></div>
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