Hablo habitualmente de la relación, a la vez patente e inextricable, que hay entre las imágenes e ideas primigenias, los arquetipos, y el pensamiento científico. Es éste uno de los motivos principales que animan mi artículo Mitos de la Ciencia, sin ir más lejos. Los ouroboros del químico Kekulé, los unicornios de Newton, los sueños de Descartes, las fantasías infantiles de Einstein, la mística de Pascal, el taoísmo de Niels Böhr… El modo que tiene el científico de innovar en su campo no difiere sustancialmente de la forma en que se inspira el artista o el religioso. La madre del pensamiento científico sigue siendo lo mítico. Lo mítico alienta, y también puede enloquecer. Así que jamás está lejos la inspiración de la locura, como el saber popular tanto predica.
Tratando todo esto traigo a colación a menudo el carácter de perfecta mediadora entre los dos planos gnoseológicos que es la matemática. El número, la geometría, son un perfecto cruce de caminos desde los que se puede viajar al arquetipo, en una dirección, o hacia el mundo de la ciencia, en la otra. La escala gnoseológica sería algo así:
1.- Datos sensoriales (hombre hylico - filosofía empirista – positivismo – nominalismo)
2.- Abstracciones (hombre psíquico/mental/artístico – filosofía racionalista – idealismo – realismo)
3.- Imágenes e ideas primigenias (hombre pneumático – teología – gnosticismo)
De abajo a arriba, ésta sería la escala de la conciencia/conocimiento. Vemos cómo la abstracción, cuyo paradigma es lo matemático, se encuentra en ese punto medio entre lo concreto y lo metafísico. Donde también habitan los sueños y el arte.














