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27 febrero 2011

Ecopsicología 2 – La mujer tiene una conexión única con la naturaleza

Como prometí, vamos a un segundo título sobre lo femenino y la Diosa, continuación de éste. Traigo a colación otro artículo de la revista Tendencias21, la cual voy definitivamente a pasar a la sección de enlaces favoritos. Y a ver si me pongo en contacto con la periodista Yaiza Martínez para felicitarla por sus reportajes, porque está claro que la mujer no hace más que dar en la diana eligiendo temas.

La mujer tiene una conexión única con la naturaleza

Esta relación puede perderse bajo la presión de los estereotipos, pero también fomentarse a través de los mitos o de la maternidad, publica Ecopsychology

La revista Ecopsychology, especializada en el análisis de la relación entre el medioambiente y el bienestar y la salud mentales, ha dedicado recientemente un monográfico a la relación entre las mujeres y la naturaleza. En él, investigadores de diversas universidades estadounidenses afirman que las mujeres, en general, tienen una conexión con la naturaleza distinta a la que tienen los hombres. Esta conexión puede perderse si las mujeres se sienten presionadas por estereotipos de belleza, advierten los autores, pero también fomentarse en otras situaciones, como la maternidad.

Por Yaiza Martínez.


La revista Ecopsychology, especializada en el análisis de la relación entre el medioambiente y el bienestar y la salud mentales, ha dedicado recientemente un monográfico (de libre acceso en Internet) a la reflexión sobre la relación entre las mujeres y la naturaleza.

Según Eurekalert, partiendo de la idea de que las mujeres experimentan su entorno natural e interactúan con éste de manera distinta a los hombres, el monográfico analiza la forma en que estas diferencias afectan al autoconcepto de las mujeres, a su imagen corporal, y a la actitud femenina hacia la preservación y protección del medioambiente.

Las editoras del monográfico han sido la psicólogo social Britain Scott, de la Universidad de St. Thomas, y Lisa Lynch, de la Antioch University, ambas en Estados Unidos. El trabajo presenta una colección de artículos que comprenden observaciones y teorías sobre cómo el sexo femenino, la maternidad, la naturaleza humana y la influencia de las normas sociales basadas en el género influyen en la autopercepción de las mujeres, y en su comportamiento hacia el medioambiente.

Belleza y ecología

En uno de los artículos, Scott explica cómo las normas culturales que fomentan la visión de las mujeres como objetos sexuales propician que las mujeres se preocupen por su aspecto y sean, generalmente, críticas con sus cuerpos.

En última instancia, afirma Scott, este sentimiento de las mujeres hacia sí mismas, provocado por los ideales de belleza, tiene un impacto negativo en la actitud de las mujeres hacia el medioambiente, y en su capacidad de conectar con éste.

Scott escribe: “la conexión con la naturaleza (CN) hace referencia a la medida en que la percepción del yo individual incluye la conciencia de uno mismo o de una misma como parte del mundo natural. La CN está relacionada positivamente con un comportamiento y una actitud a favor del medioambiente”.

Esta idea viene respaldada por dos estudios y un experimento en los que se constató que el sentimiento de ser un objeto sexual y la interiorización del ideal femenino de belleza degradan la conexión de las mujeres con la naturaleza: la perturbación de la relación con su propio cuerpo conlleva una desconexión con el mundo natural y, como resultado, un comportamiento menos ecológico, explica la psicólogo.

Instinto maternal, preservación ambiental

En el sentido contrario, en otro artículo, escrito por la psicólogo Kari Hennigan, del Institute of Transpersonal Psychology, se sugiere que las mujeres que pasan tiempo en entornos naturales e interactúan con éstos son más propicias a tener una mejor imagen de su cuerpo, y a distanciarse de las definiciones sociales de belleza.

Por otro lado, en otro de los artículos del monográfico de Ecopsychology, la psicólogo Susan Logsdon-Conradsen y la antropóloga Sarah Allred, del Berry College de Estados Unidos, describen el concepto de “activismo medioambiental materno”, basado en la suposición de que el instinto maternal se extiende al deseo de proteger y preservar el medioambiente, para mantenerlo para la descendencia.

Según escriben las autoras, el artículo presenta “un marco para la comprensión de una causa del activismo medioambiental poco analizada: la maternidad”. El activismo materno emergería de la identificación de la mujer con su rol de madre y de las responsabilidades que la mujer asigna a este papel social.

La maternidad es considerada así por las investigadoras como “un estímulo particular” enfocado hacia el cuidado y preservación de la naturaleza, que propicia el activismo medioambiental.

Recuperar la conexión con la Tierra

En el trabajo, publicado en Ecopsychology por psicólogos y sociólogos de la Colorado State University y de la Pennsylvania State University-Abington, se indica que las investigaciones sobre las diferencias entre sexos relacionadas con los valores y actitudes hacia el medioambiente, a menudo han constatado que las mujeres presentan valores y actitudes más pro-medioambientales, y que realizan actividades más implicadas con la naturaleza que los hombres.

Estos investigadores analizaron el papel de la “motivación por placer sensorial” (MSP), una disposición individual con la que se mide la necesidad humana de buscar y disfrutar experiencias relacionadas con la naturaleza a través de los sentidos, como posible causa de estas diferencias.

En este sentido, una comparación realizada en grupos de estudiantes universitarios (200 mujeres y 190 hombres), reveló que las mujeres puntuaban más alto en MSP en actividades en la naturaleza (paseos, visitas a entornos naturales, etc.) Por esta razón, explican los científicos, estarían “más motivadas para implicarse con la naturaleza en conjunto”.

Por último, en este especial de Ecopsychology, Gwenaël Salha, del Pacifica Graduate Institute de California, propone la revisión de un mito sumerio de 4.000 años de antigüedad, el de Inanna (diosa del amor, de la fertilidad y de la guerra), para ayudarnos a afrontar y superar la separación entre la Tierra y sus habitantes.

Desde una perspectiva ecopsicológica, explica Salha, “Inanna es sanada y salvada de una experiencia en el inframundo (al que decidió descender para enfrentarse a su hermana y deidad opuesta, Ereshkigal) a través de su conexión con la Tierra y con su comunidad”.

Este mito, por tanto, puede ser usado por ecopsicólogos y terapeutas como base para el fomento de la comunicación positiva en las crisis de pareja o familiares (comunidad), pero también como base para mejorar y restablecer nuestra relación positiva con la Tierra.

Cuando escribí, hace ya unos años, para mi presentación en Odisea algo como esto: “Habiendo sido durante mi juventud un convencido militante ecologista, entre mis proyectos se encuentra la fundamentación de un paradigma transpersonal psicoecológico“, era ignorante de que ya en 1992 Theodore Roszak había acuñado el término ecopsicología. Sigo siendo un indocumentado, por más tiempo que pase. Menos mal que “nunca es tarde si…”, y la dicha es muy buena si esta idea de unir psicología y ecología se ha desvelado una idea matriz, es decir, arquetípica, que anima e inspira a un montón de personas, todas las cuales me eran hasta ahora estúpidamente ajenas. Descubro con tanto regocijo como sorpresa que hay todo un entramado institucional ya, y revistas, publicaciones… Como es natural, es la psicología de lo psicoide, la que entiende la íntima conexión entre el alma y lo físico, la psicología metafísica, la sistémica, la de los mitos, la que se aúna con la ecología en busca de la salud holística, en busca de la salud del alma en conexión con el Alma del Mundo. Tengo que ponerme ahora a investigar si a pesar de la ley del “tanto monta, monta tanto”, psicoecología, como yo entiendo el asunto, es lo mismo que ecopsicología, como lo entienden los herederos de Roszak. Lo primero que me parece notar en este artículo es que se atiende mucho a la mitad ctónica, institiva, del arquetipo, del mito, en detrimento de su mitad espiritual. Recuperar nuestra naturaleza original al nivel de los instintos, del cuerpo, está obviamente relacionado, de un modo directo, con la sanación del sistema biológico y geológico global, pero tenemos que darnos cuenta que el mito nos recalca a voces que es inseparable el equilibrio instintivo del equilibrio espiritual. Recuperar nuestra sexualidad natural no puede estar separado de recuperar nuestra religiosidad natural. No basta una cosa sin la otra.

En este artículo se reseñan las ideas ecopsicológicas que es capaz de destilar un tal Gwenaël Salha desde el mito de Inanna, y en mi editorial anterior yo aludía a Deméter, la más apropiada diosa a la hora de hablar de maternidad, diferenciándola sin embargo de su adscripción a lo instintivo y viajando con ella hasta la región mistérica, espiritual. Reconectarse con la ley natural inscrita en el arquetipo reequilibra nuestra esfera fisiológica, pero siempre de un modo subordinado a la esfera espiritual. Hay que estar preparados para entender que a veces la relación entre ambos polos puede ser desconcertantemente paradójica. Hay que recordar que para el arquetipo la Naturaleza no sólo es orgánica, no sólo son leones y búfalos, su cuerpo profano, sino también hadas y elfos, su alma sagrada.

Hace unos días saltaba a la prensa española la noticia de que una diputada, como portavoz de cierto conglomerado institucional, acusaba al plan de ayudas e incentivos a la maternidad que quiere implantar la Xunta (Galicia está muy afectada por el envejecimiento de su población) de predemocrático, patriarcal y retrógrado. Contrastamos esto con lo que nos cuenta la ecopsicología al respecto y se hiela la sangre ¿no? La mente mefistofélica no sólo exilia al hombre de lo sagrado, también pervierte su sexualidad. Pretende que millones y millones de personas repriman o desvíen su instintividad natural en pro de un modelo humano irreal. Si la argumentación se apoyara meramente en el grave asunto de la sobrepoblación, no sería tan retorcida. Pero la idea que parece que se persigue es convertir en Hipatia (según cómo la entienden ellos, no como era en realidad) a todas las mujeres. Ahora bien, cuidado: genuinas Hipatia hubo, hay y habrá siempre. Obligar a una mujer así, que lo es de modo completamente natural, a crear familia, a parir, es un engendro tan diabólico como lo anterior.

Para abundar más en las complejas relaciones entre el instinto, el espíritu y la Naturaleza traigo a colación un perqueño pero denso ensayo que elaboré para el librillo “Diosas de ayer, mujeres de hoy“, ocupándome de la psicología de la mujer Artemisa:

ARTEMISA:
Con sólo echar una mirada a los atributos que la mitología ha otorgado tradicionalmente a Artemisa podemos entender cuál es la clave del carácter al que se refiere. La Luna, que rige el tiempo de los sueños, y los bosques, nos remiten instantáneamente al nocturno, salvaje e indómito Inconsciente, y el arco y los perros a la facultad que convenimos en llamar intuición, tan conspicua en las mujeres nacidas bajo el patrocinio de esta diosa, que las mantiene en un estrecho y permanente contacto con ese ecosistema natural agazapado detrás de la urbana conciencia. La flecha proyecta la interacción del sujeto hacia cosas que están muy lejos del alcance inmediato de su mano, y el perro husmea para el dueño datos que para él son inaccesibles de modo directo. Todo esto son bellas metáforas de la captación intuitiva. La mujer Artemisa siempre está cazando información para orientar sus elecciones y sus metas a través de la corazonada, la clarividencia y la precognición. “Lo esencial es invisible a los ojos”, decía el Principito, y ella así asume también la realidad. Igual que el pequeño aviador, tiene siempre algo de aniñado e inocente, resistiéndose con uñas y dientes a renunciar al mundo mágico y promisorio de la infancia a favor de la prosaica, pragmática y resignada madurez. Esto conforma la mitad de las razones por las que esta mujer tiende a la soltería y, no pocas veces, en efecto, a la frugalidad sexual e incluso literalmente a la castidad: se trata de mantener un compromiso ideal con la pureza original del alma, a la que sólo se le permite hasta un límite la encarnación, la implicación en lo mundano, a partir del cual esto se siente como suciedad involutiva y angostura vital. No es la fuente de los deseos y el impulso sexual ese Inconsciente con el que está en contacto Artemisa, y al que se debe. Es la fuente de la creatividad, las grandes ideas y el arte, la fuente de la información trascendental, el lugar al que ella se siente comprometida. Está involucrada de tal modo con estas cosas tan etéreas que podríamos decir que toda mujer profundamente Artemisa es una auténtica sacerdotisa, espontánea y natural. Tan vigorosamente creativa y competitiva que sólo siente como destino apropiado alcanzar el liderazgo del templo (para irritación de sus jefes, mientras ella ocupe una posición laboral subordinada, cuando el templo es, por ejemplo, una clínica de medicina holística o una empresa de dietética naturista).

La otra mitad de los argumentos que justifican su celibato procede desde la misma esencia de la intuición, que, en contra de lo que suele creerse, no es femenina, sino andrógina, y dota a la personalidad que se sostiene en ella de una fuerte constelación unisex. Lógicamente, donde ya se vive y se piensa como hombre y mujer a la vez se echa menos en falta complementarse en pareja. Artemisa es una feminista genuina, que nunca entendió que tuviera que elegir entre una falda rosa o un pantalón vaquero azul. El amor personal se convierte con mucha facilidad en universal, y pasa a ser expresado, por ejemplo, en un contexto tan apropiado para ella como es una ONG. Pero la renuncia a la pareja es concomitante con otro desestimiento a veces aún más problemático: la maternidad. Nuestra cultura no tiene dificultades en asimilar lo femenino a lo virginal, pero segregarlo de lo maternal es otra cosa. El símbolo cristiano tiende un puente milagroso entre ambos, la Virgen Madre, tratando de superar así el conflicto. En el mito griego la paradoja se expone sin bálsamo, y Artemisa es tan regenta de la virginidad como de la fertilidad y los partos. Lo que ocurre es que la Luna que ella representa es la llena, como faro en la oscuridad, sabiduría sobre cosas ocultas, iluminación mistérica, pero la Luna llena es también simbólicamente desde siempre, en efecto, una representación de la fertilidad y el embarazo. El mito se vuelve aquí indiferenciado, ambiguo. La mujer Artemisa tiene que resolver este dilema en su vida individualmente, con poca ayuda y guía desde él.

Es imposible no aludir hoy en un debate sobre ecología al problema con el pulmón del mundo, la selva del Amazonas, y es imposible no hablar de la mujer Artemisa, que sólo un paso más allá se transforma en la pinchuda amazona, en un debate psicoecológico. Ella es la auténtica chamana, la experta en plantas, animales y espíritus del bosque. Su conexión con la Tierra es mucho mayor que la que tiene Deméter, y su afinidad con el Alma del Mundo sólo la obtiene Deméter con su tránsito por los infiernos, por las entrañas supra/inframundanas, al transmutarse en Perséfone.

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